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Mi primo Luis
Mi primo Luis, de ocho años de edad, se salió finalmente
con la suya. Desde seis meses antes de cumplir años se le
presentó la obsesión de tener una mascota a la que
pudiera cuidar y dedicar las horas de ocio que la televisión
y la tarea le dejaban libres. Después de un trabajo cuidadoso
y metódico, logró convencer a mis tíos de que
la mejor inversión que podían hacer para fomentar
su responsabilidad y lograr su estabilidad emocional -lo mismo que
la de toda la familia- era comprarle un perro apropiado a su edad
y a las características de su casa y de su familia.
Finalmente, el día de su cumpleaños sus padres le
dieron la sorpresa -anticipada por Luis, dada la sospechosa conducta
de mis tíos-: una preciosa perrita labrador, con un enorme
moño verde -su color favorito- estaba esperándole
en su casa, de regreso de la escuela. Era tal su emoción
en ese momento que estaba dispuesto a comprometerse a lo que fuera
necesario con tal de estar seguro de que se quedaría con
ella.
Aún antes de bautizarla, ya había memorizado las
tareas que debía cumplir si es que esperaba que Crig se quedara
con él: darle de comer todos los días, cepillarla
al menos una vez a la semana, ayudar a su papá a bañarla
cada mes, llevar una bitácora de las vacunas y mantener limpio
su espacio.
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